Pedro Suárez Vértiz en su libro: “Le dije al doctor: ‘¿Me voy a morir?’”
“Yo, Pedro” es el testimonio personal del reconocido cantautor peruano Pedro Suárez-Vértiz, quien recorre las distintas etapas de su vida, desde su infancia hasta su paternidad, desde sus éxitos en la música hasta su encuentro con la escritura.
28.12.2023 / 14:47 Alberto Villar
En “Yo, Pedro”, el fallecido Pedro Suárez Vértiz decidió compartir abiertamente su experiencia con un desorden neuromuscular que, finalmente, le quitó la vida. El artista contó cómo esta condición impactó su vida personal y profesional desde que lo diagnosticaron en 2011. Conoce los detalles de su valiente testimonio y descubre cómo enfrentó los desafíos de esta enfermedad rara.
En el libro, que este año fue reeditado para conmemorar el décimo aniversario de su publicación, el músico contó que, a pesar de enfrentar dificultades con la prensa, mantuvo su carrera en ascenso, aunque se vio afectado cuando los medios se centraron en su problema de dicción. La intensa exposición mediática durante sus conciertos lo llevó a tomar la decisión de detener sus presentaciones para preservar su imagen y salud. Después de varios estudios médicos, recibió el diagnóstico de un desorden motor, específicamente una forma atípica de enfermedades de las neuronas motoras (MND).
Su vida familiar y profesional se vio afectada, pero Pedro recuerda que decidió enfrentar la situación con entereza. Compartió sus luchas con la prensa, intentando explicar su condición, pero se encontró con dificultades para transmitir la complejidad del problema. A pesar de las adversidades y la frustración, decidió mantenerse alejado de la exposición mediática y centrarse en su hogar y su bienestar.
A continuación, compartimos un extracto del libro que se vende a S/49.90 en todas las librerías a nivel nacional y en el extranjero por Buscalibre.com.
“Muchos saben quién soy. O, al menos, saben a qué me dedico. Para mi bien o para mi mal, soy una persona pública. He dado conciertos dentro y fuera del Perú ininterrumpidamente desde julio de 1988 hasta agosto de 2011. Meses antes de mis últimos shows admití en un programa dominguero de reportajes que tenía un problema de dicción, es decir, de mala vocalización. Lo hice porque siempre he hablado de mi vida abiertamente. Me pareció amigable y responsable contarlo. Había firmado con la disquera Warner España y estaba desarrollándome muy bien en ese país. Pasaba un mes en Lima y otro allá, en Madrid, con mucho movimiento en televisión y radio. Pero, sobre todo, con muchos conciertos. Me había costado varios años tener una presencia integral en el extranjero, es decir, con mi música en el escenario, el disco en la tienda y mis videoclips y entrevistas en la tele. Todo andaba sobre ruedas.
Hasta entonces había manejado mi carrera cómodamente desde Lima y Miami, grababa discos y visitaba todos los países de América para promocionarlos. Sony era una disquera muy poderosa, y sus sedes mundiales obedecían toda orden que viniera de la oficina central de Miami o Nueva York. Así obtenía una extensa difusión internacional de mi música y la venta de discos, lo que me mantenía vigente como artista de la compañía. Hasta ahora no puedo creer que haya ganado desde la comodidad de mi casa premios en Panamá, México y España sin haber siquiera vivido allá. Me mandaban en vuelos de primera clase a todos los países y pagaban estudios de lujo para grabar mis discos, además de producir videos carísimos con los mejores directores. Toda esta inversión es la típica antesala para generar una superventa internacional que generalmente ocurre con el tercer disco.
Yo andaba en el segundo álbum producido por Sony, pues el primero lo hice yo mismo y ellos solo lo firmaron. Pero la piratería fonográfica, a raíz del boom de los quemadores de discos compactos domésticos, arremetió con todo y redujo a cenizas las compañías discográficas. Un disco original costaba cincuenta soles, y uno pirata, dos. Sony Discos de Miami y Sony Perú cerraron. Esto me obligó, después de años de andar atrapado en una compañía que ya no existía, a migrar a Warner España, que ya no era una disquera poderosa por la caída del mercado, y firmar como artista local. Por eso me instalé en España para comenzar de nuevo. Y lo hice con el pie derecho. Todo iba viento en popa. Estaba empezando de nuevo, pero tenía una carrera muy conocida en Latinoamérica que me dejaba un excelente repertorio para hacer conciertos y mucha información de respaldo en internet. Warner se portó muy bien conmigo. Viajé a España, a Miami, a Los Ángeles, a Nueva York, y estaban felices por la difusión que mi manager, desde las épocas de Arena Hash, Robelo Calderón, había conseguido. En pleno auge profesional, confesé mi problema neuromuscular en el Perú. Hay un fenómeno en las personas públicas que solo es explicado en los registros históricos con una frase insuficiente: «el precio de la fama». Este fenómeno resulta del hurgamiento en los problemas de los famosos bajo la absurda excusa de que estos hechos son de interés público. La verdad, nunca he tenido mayores problemas con la prensa. Conozco su trabajo y lo he estudiado, inclusive, en la universidad. Siempre he dado largas entrevistas, mis premios han sido noticia, he presentado álbumes nuevos, las canciones ranqueadas, he realizado campañas de ayuda, recibido condecoraciones y realizado giras internacionales. Pero todo cambió repentinamente. Los noticieros se volvieron más sensacionalistas que antes y sus columnas de farándula ampliaron sus segmentos y contenidos en todos los canales.
Ese mismo año venía de llenar conciertos en todo el Perú, además de Europa y Estados Unidos, e iba a dar dos grandes shows de cierre triunfal en Lima. Mi sorpresa fue grande al ver cámaras gigantescas, y no las Handycam de siempre, enfocando mi boca durante absolutamente todo el concierto. Mis amigos, los reporteros, me confesaban que la orden era clara: grabar el más mínimo defecto en mi dicción para alrededor de eso hacer un reportaje. No lo podía creer. Se me vino a la mente toda esa teoría de que las noticias exitosas, al cabo de mucho tiempo, generan monotonía. Y presentí que así llenara todos los coliseos del mundo, o tuviera más éxitos musicales, o fuera condecorado, harían informes dándole vueltas y vueltas a mi problema.
La salud es un tópico infalible, porque en los reportajes puedes barajar muchas posibilidades, nombrar terribles enfermedades, invitar a doctores a sugerir los más descabellados males; en fin, hacer mil cosas melodramáticas que llaman mucho la atención. Lo difícil es que, si eres el personaje en mención, no puedes actuar con la tolerancia con la que lo hacías antes, porque escuchar tanta falacia sí te afecta anímicamente. Y como el enemigo número uno de mi problema son las tensiones, concluyes que la fama empieza a dañarte seriamente. Eso me pasó a mí.
Antes era mejor dejar que los medios se saturaran con el escándalo, la gente se cansaba de la noticia y luego la olvidaba. Pero hoy las cosas han cambiado: existe internet, y ahí se perenniza todo. No era justo, entonces, que una carrera musical tan extensamente difundida en medios, como la web, fuera empatada por morbosas notas esparcidas en YouTube, redes sociales y portales de programas televisivos hablando o mostrándome con fallas físicas. En ese momento decidí no alimentar ese inevitable fenómeno y detuve toda presentación por el bien de mi imagen, de mi música y, principalmente, por el bien de mi salud.
Así que desde el comienzo no regalé imágenes explotables, y por eso cancelé toda aparición. Hasta hoy tengo ganas de declarar, de volver a contactar directamente al público, de conversar con mis amigos periodistas, pero mi mensaje jamás sería más llamativo que mis defectos al hablar. Y eso sería penosamente explotable.
Tanta susceptibilidad de mi parte no es por una cuestión de capricho. Los desórdenes neuromusculares se complican muchísimo con las tensiones. Debo alejarme de ellas o alejarlas de mi vida. Debido a que no salgo a declarar, los reportajes en los medios donde se especulaba sobre mi estado de salud resultaron demoledores a nivel anímico para mí. Eso es lo más lamentable de mi problema: que mi sistema nervioso afecta mi calidad muscular.
Recuerdo que hace años, en un viaje, me cambiaron de asiento en el avión por uno mejor ubicado. Lo hicieron desde la entrada de la nave. Pero, ya adentro, una tripulante que no estaba al tanto me llamó la atención y me pidió que volviera a mi asiento original. El pudor por el pequeño incidente me tensionó tanto que no le pude contestar para explicarle. Ese día descubrí que tenía algo más que un problema de estrés. Un problema anímico no era suficiente como para causarme tal bloqueo.
Me consolaba pensando: «Bueno, a otras personas con tensiones les da diarreas, sudoraciones, hasta anorexia o impotencia. Quizá a mí se me manifiesta de esta manera». Fui al neurólogo y pasé un examen completo. No tenía ninguna anomalía en ninguna parte del cuerpo y mi coordinación estaba perfecta. Se me ordenó igualmente una tomografía para completar el descarte. Las placas salieron limpias. Eso significaba que no había tumores ni hidrocefalias ni nada anormal. También se me ordenó una revisión de tiroides, porque a veces un problema hormonal genera disartria. Al final, no tenía nada de eso. Quedé feliz y tranquilo. Solo se me recomendó ver a un psicólogo.
Seguí la recomendación y llegué donde una psicóloga muy buena, extremadamente experimentada, quien trabajaba también como psicóloga forense, es decir, diagnosticaba a gente metida en problemas legales y determinaba en tiempo récord si estaban psicológicamente bien o no. Era muy acertada, con mucho instinto. Nuestras conversaciones eran largas y muy interesantes. No halló traumas ni incoherencias en mí, quizá, un poco de cansancio por tanto viaje. Tampoco se me diagnosticó depresión ni nada parecido. La verdad, esperaba algún tipo de desarreglo psicológico para atacarlo con medicinas o terapias, y así recuperar mi buena vocalización. Pero nada de eso ocurrió. Estaba psicológicamente perfecto. Decidí continuar con mi vida y asumir que mi problema era puramente un descuido o dejadez o producto de la falta de sueño.