Las veces que Robert Prevost y Juan Pablo II coincidieron en Perú sin saber que ambos serían papas
En la historia reciente del Perú, los años marcados por la violencia política, la pobreza estructural y la búsqueda de esperanza coincidieron con la presencia, en distintos planos, de dos figuras que décadas después quedarían unidas por el papado: Juan Pablo II y el entonces joven sacerdote agustino Robert Prevost, hoy papa León XIV.
El año 1985 fue especialmente significativo. Mientras el país enfrentaba uno de los periodos más crudos del terrorismo, con atentados constantes y una profunda fractura social, un misionero estadounidense de 30 años llegó al norte peruano sin imaginar que esa experiencia definiría su vida religiosa. Robert Prevost, nacido en Chicago e integrante de la Orden de San Agustín, quedó impactado por la pobreza que encontró en tierras piuranas, una realidad que, lejos de ahuyentarlo, terminó por forjar su vocación misionera y su vínculo permanente con el Perú.
Ese mismo año, el país recibió por primera vez en su historia a un papa. Juan Pablo II arribó al Perú en febrero de 1985, en una visita cargada de simbolismo en medio de las tensiones sociales y la incertidumbre política. Al descender del avión y besar el suelo peruano, el pontífice pronunció una frase que quedó grabada en la memoria colectiva: “Acabo de pisar tierra peruana y al besarla he querido manifestar mi estima profunda hacia todos sus habitantes que desde este momento me acogen con corazón abierto”. A su lado estaba el entonces presidente Fernando Belaúnde Terry, quien encabezaba el retorno democrático tras años de dictadura militar.
SEGUNDA VISITA
Tres años después, en 1988, Juan Pablo II volvió al Perú para clausurar el V Congreso Eucarístico Mariano de los países bolivarianos, reafirmando su cercanía con una nación que seguía golpeada por la violencia y la crisis económica. En paralelo, Robert Prevost atravesaba una etapa clave de servicio pastoral fuera del país. Entre 1987 y 1988 fue promotor de la pastoral vocacional en Estados Unidos y director de misiones de la provincia agustiniana Nuestra Señora del Buen Consejo, con sede en Olympia Fields, Illinois. Desde allí, se dedicó a recaudar fondos para las misiones de su provincia, con especial atención a la misión de Chulucanas, en el norte peruano.
Su retorno al Perú, también en 1988, marcó el inicio de una labor formativa decisiva en Trujillo. Prevost fue designado director del proyecto de formación común de aspirantes agustinos de los vicariatos de Chulucanas, Iquitos y Apurímac. Durante años desempeñó cargos clave como prior de la comunidad, director de formación y maestro de profesos, consolidando una trayectoria pastoral profundamente ligada al país.
Así, en los mismos años en que Juan Pablo II llevaba un mensaje de fe y esperanza al Perú desde el Vaticano, Robert Prevost sembraba silenciosamente su vocación en suelo peruano, un camino que, con el tiempo, lo conduciría también al trono de Pedro.