El río Rímac agoniza en medio del olvido de las autoridades | VIDEO
El Rímac, el histórico ‘Río hablador’, agoniza en medio de la indiferencia. Sus aguas cambian de color como un cuerpo enfermo: marrón, rojo o negro. Lo que alguna vez fue fuente de vida para Lima hoy burbujea con grasa, desechos y sustancias tóxicas, convertido en una cloaca a cielo abierto que amenaza la salud de millones.
Pese a su estado crítico, más de 11 millones de limeños dependen de él. Desde los asentamientos humanos hasta el Palacio de Gobierno, todos consumen agua que proviene en parte de la cuenca del Rímac. Sin embargo, este recurso vital permanece olvidado y cada vez más contaminado.
El río recorre más de 160 kilómetros desde su nacimiento en San Mateo, atravesando zonas agrícolas, ganaderas e industriales antes de llegar a Lima. En su trayecto recibe toneladas de basura, aguas servidas y vertimientos químicos. La reciente volcadura de un camión cisterna con petróleo volvió a mostrar su fragilidad frente a los desastres ambientales.
Expertos como Edwin Berrospi, de la Red Muqui, y Guillermo Serruto, de la Autoridad Nacional del Agua, advierten que el problema es estructural. No se trata solo de accidentes: a ellos se suman aguas residuales sin tratar, botaderos informales y desagües clandestinos. En 2020 se identificaron 449 fuentes contaminantes en el Rímac, de las cuales 324 eran ilegales.

La situación es crítica en Huachipa, donde el río ingresa a la planta de Sedapal en Atarjea. Aunque allí se procesa el agua, a pocos metros su aspecto vuelve a ser marrón, rojizo o negro. Estudios oficiales han detectado metales, aceites, grasas y coliformes fecales en niveles alarmantes.
En enero de 2025, un cambio brusco de color obligó a Sedapal a tomar muestras que confirmaron la toxicidad. Medio año después, pese a operativos en zonas industriales de San Juan de Lurigancho, las descargas persisten y la contaminación sigue fluyendo sin control.
El tramo final del Rímac, que cruza el Centro de Lima, San Martín de Porres y Callao, es ya un basural. Toneladas de plásticos, botellas, restos orgánicos y desechos industriales se mezclan con aguas negras hasta desembocar en el mar, el mismo donde se bañan los limeños y del que provienen los peces que consumen.
Aunque el gobierno ha anunciado planes de recuperación, ninguna autoridad ha logrado frenar los vertimientos. Por ahora, la respuesta sigue pendiente, mientras el río hablador se consume en silencio.

SEDAPAL SE PRONUNCIA
A través de un comunicado, Sedapal sostuvo que únicamente con acciones coordinadas se podrá frenar las descargas clandestinas que deterioran la calidad del agua, dañan la infraestructura sanitaria y ponen en riesgo la salud de la población.
Asimismo, Sedapal informó que se encuentra supervisando a los usuarios conectados a su red de alcantarillado, en especial a los no domésticos —industrias, comercios y servicios—, responsables de vertimientos más críticos.
La empresa también aclaró que no tiene facultad legal para sancionar descargas directas al río, competencia que corresponde a las entidades fiscalizadoras. No obstante, colabora con ellas aportando información técnica y apoyo operativo.
Finalmente, garantizó que el agua potable que abastece a más de 12 millones de limeños y chalacos cumple con los más altos estándares de calidad, respaldados por certificaciones internacionales.
